Hoy he leído en El País un magnífico artículo de Juan Luis Cebrián sobre la reforma del delito de sedición que el Gobierno ha enviado a las Cortes. Los razonamientos con los que nos quiere convencer de que esta reforma es un absoluto despropósito, o peor, una infamia, son impecables, contundentes, brillantes, pero aun así probablemente no convencerán a nadie, si descartamos a aquellos que ya previamente, antes de leer el artículo, estaban convencidos, como él, de que la reforma es una infamia. 

Los artículos de este tipo son muy necesarios para que sigamos el modo de discurrir de otras personas –profesionales de estas cosas– a las que se les supone una cierta autoridad en ello, pero no sirven para nada más, salvo excepciones.

A los viejos como yo, con cientos o miles de artículos a las espaldas, nos sobra con leer el nombre del autor (si lo conocemos) y su postura sobre el tema que va a tratar. ‘Juan Luis Cebrián. En contra de la reforma de la sedición’. 

Con esas pocas palabras sabemos ya lo que siente el autor en estos momentos, o en esta época de su vida, y el modo en el que dé forma a ese sentimiento, por brillante que sea, no deja de ser una redundancia. Alguien que diserta sobre algún tema nos quiere hacer creer, y probablemente él lo crea también, que son los razonamientos que presenta los que le han hecho llegar a las conclusiones. Pero es al revés, son las conclusiones, que nacen de sus sentimientos, que a su vez nacen de los intereses, las circunstancias, etcétera, etcétera, las que le llevan a buscar razones que las justifiquen. 

Cebrián, un hombre de gran inteligencia, habría escrito un artículo igual de bueno, con razonamientos impecables, hace 30 años, pero a lo mejor entonces defendiendo la postura contraria. Ahora es un hombre viejo, y muy rico, así que no tiene necesidad de rendir pleitesía a nadie, ni siquiera a sí mismo, y sus sentires pueden aflorar con libertad.

Putin, Trump, Ayuso, y otros muchos políticos, no razonan tan bien como Cebrián: ni tienen su talento ni su formación pero saben, porque son listos, que no les hace ninguna falta. Se limitan a lanzar mensajes de tres o cuatro palabras que en las parroquias suenan a gloria. 

Written by : Aniceto Barrones

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