Uno observa que la repetición produce sus efectos sobre la conciencia, unos buenos y otros no tan buenos. Al que quiere memorizar o, en general, aprender algo, repetir las cosas le viene muy bien. Incluso para descubrir lo que nos puede llegar a gustar determinada música, sobre todo para los que tenemos un oído horrible, como yo, puede ser necesario escucharla más de una vez, o más de tres. En realidad, casi todo lo que hacemos, por no decir todo, es repetición. Y a veces no tenemos más remedio que lamentarlo. 

En todo lo que tiene que ver con el aprecio o el disfrute de las cosas, la repetición puede llegar a ser una discreta tortura. ¿Quién no ha oído decir a una mujer que no se puede poner ese vestido porque ya se lo han visto en la boda de Sandra? En las modas se dan estos casos extremos: la repetición en su mínima expresión ya produce desasosiego. En otros casos necesita mucha más intensidad, pero al final el resultado es el mismo. ¿Quién aguanta escuchar la novena sinfonía de Beethoven trescientas veces seguidas sin parar? ¿O comer brécol rehogado con ajo tres veces al día durante un año? ¿O… ? Bueno, no voy a extenderme más. En estos casos la repetición puede llegar a ser, en efecto, una discreta tortura (discreta en comparación con todo lo que hay por ahí). ¿Y cuando tenemos que soportar a alguien que se repite y se repite? Siempre el mismo chiste, siempre el día en que se escapó del colegio, o el día en que mató un jabalí. Qué horror. En literatura, esto también me produce a mí un tremendo desagrado. Uno puede leer una novela varias veces y si lo hace voluntariamente la experiencia le resultará muy placentera, pero leer un nuevo libro de un autor que no parece tener nada de nuevo –el libro, no el autor– puede quitarle, a nuestros ojos –al mío, desde luego– todo su valor, por mucho que tenga. 

Me acaba de pasar al leer ‘Sacramento’, un libro basado en hechos reales del escritor malagueño Antonio Soler que me ha parecido magnífico, pero he tenido la mala suerte de leerlo después de haber leído otro libro suyo, una novela titulada Sur, magnífico también. Y en este caso al sumar el segundo magnífico al primero el resultado ha salido ‘negativo’.  Todo lo que en Sur me parecía extraordinario y deslumbrante: el lenguaje, la arquitectura, el retrato de los personajes, las descripciones de todo tipo, las imágenes, las metáforas… en Sacramento me resulta tedioso, ¡siendo muy ameno! Me suena a fórmula, cliché… lo encuentro reiterativo… y sí, me ha producido hartazgo. ¿Por qué? No porque el pobre libro tenga defecto alguno, sino por la maldita repetición, por el efecto repetición. El uso de la palabra lo desnuda a uno de tal forma que si se prodiga demasiado ni con diez túnicas es capaz de cubrirse y en literatura el arte exige que al autor no se le vean las costuras. 

En Sacramento Antonio Soler es tan Antonio Soler, una vez más, que uno no ve otra cosa que las costuras de Antonio Soler. Esto le ocurre especialmente a los escritores artistas como él, los que no hacen más que autorretratos (y que no se interpreten estas palabras como una crítica: a este lector que escribe solo le interesan los autores que hacen autorretratos, porque parece que aún confían en que la literatura pueda aportar algo, por muy modesto que sea, al conjunto del conocimiento humano). A los que escriben sobre algo, como Pérez Reverte o Mario Vargas Llosa, es decir, los que se preocupan de la información, no debe asustarles el desnudo porque el foco, el protagonismo, lo ponen en el asunto sobre el que escriben. 

A mí Antonio Soler me parece un escritor excepcional, de los verdaderamente geniales, y por eso me da pena haber leído Sacramento después de Sur, pero si lo hubiera leído antes, Sur para mí no sería una de las grandes novelas que he leído en mi vida. No tiene solución. Desde el punto de vista del escritor, la solución puede ser la castidad, tras haber alcanzado el éxtasis. Ignoro las razones por las que Juan Rulfo escribió tan poco, pero qué bien le salió. Con esos dos libritos está en el cielo. Si hubiera escrito otros semejantes, a lo mejor ya no les veríamos la gracia: unos neutralizarían a los otros. Cervantes, que escribió varios libros muy buenos, con el Quijote habría tenido suficiente. 

Quizá bastara con recomendar que de los genios solo se leyera una obra. En los escritos cortos, como los artículos de periódico, pasa lo mismo. O uno tiene el talento de Umbral, que llenaba el mismo artículo con tal variedad de cachivaches que los convertía siempre en algo novedoso y gracioso, o lo mejor sería el silencio. Vargas Llosa, ese estupendo novelista, hombre de enorme inteligencia, en sus artículos parece un párvulo repitiendo un par de ideas que en su edad tierna (quizá los treinta y tantos o cuarenta años) introdujo en la subcarpeta de las creencias. Uno, que ha leído cientos de artículos suyos, supone que los escribe con una plantilla, es decir, con criterios matemáticos. Primero, un juicio sobre algo que se considera bueno, pero que luego se matiza y al final se rechaza, y siempre con dos sencillas y solitarias ideas a las que yo pongo el cartelito de primarias: el mercado y la libertad. Ni una palabra nunca que retuerza un poco la idea de mercado o la de libertad. No es necesario. Los credos no necesitan explicaciones. Tan solo necesitan fe. Este hombre que exalta tanto la libertad, podría pararse a pensar por un momento lo poco libre que es, incapaz de escapar de su esquemita tras tantos años de vida. Uno está esclavizado a su mente del mismo modo que lo está a su cuerpo. Sí, podemos hacer un poco de gimnasia. La libertad de la que él habla es, por supuesto, una maravilla: libertad política, libertad de expresión, libertad de pensamiento, etcétera, etcétera, pero ahondando en las ideas a lo mejor aparecen nuevas soluciones. Siento muchísimo lo de Sacramento, esa extraordinaria obra de arte. ¿Por qué la leería?

P.D. Como no estoy en edad de merecer, voy a repetirme con total descuido. Y ojalá no me dejen solo.

 

Written by : Aniceto Barrones

Subscribe To My Newsletter

BE NOTIFIED ABOUT BOOK SIGNING TOUR DATES

Donec fringilla nunc eu turpis dignissim, at euismod sapien tincidunt.

Leave A Comment